Cada día resulta más evidente que las ramificaciones del coronavirus afectan a multitud de campos más allá de la sanidad, como la economía, la política, el medio ambiente o la comunicación. El estudio de su gestión dará lugar a infinidad de hipótesis sobre la gestación de una vacuna, medidas económicas de estímulo, nuevas oportunidades empresariales que surjan… Sin embargo, quien centre su investigación en España será todo un experto en el uso y abuso de la propaganda que habrá hecho el Gobierno de Pedro Sánchez a lo largo y ancho de la pandemia, ya que es su leitmotiv.

Para muestra, no un botón, sino varios de ellos. Hablar de mentiras al respecto, regla suprema de la propaganda, sería interminable, así que me centraré en dos técnicas autóctonas de La Moncloa. La primera a la que nos tienen acostumbrados ministros y técnicos varios venidos a menos es la prostitución del lenguaje, es decir, degradar y deformar los significados de palabras o expresiones. No me refiero a lo que, con su habitual acierto, apuntó Álex Grijelmo en su columna en El País el 19 de abril, sino que está más cerca del ejemplo comunista y la República Democrática Alemana (RDA). Tres palabras, tres mentiras. No era una república, ni mucho menos democrática y para qué hablar de si era alemana o, evidentemente, soviética. Solo siguiendo ese ejemplo, uno puede intentar colar “ganga” cuando realmente es un timo en los test; “monitorizar” cuando se pretende el control y censurar; “pacto” en lugar de intentar obtener un cheque en blanco por parte de la oposición; o “pecar de prudencia” cuando lo real es improvisación y no parar de dar muy solemnes palos de ciego.

Del mismo modo, la expresión “situaciones propias provocadas por la pandemia global” suena muy bien, profundamente rimbombante, aunque intenta ocultar una descoordinación sin precedentes y la cohabitación de dos gobiernos en uno. Sería tan iluso como estéril por mi parte poder llegar a imaginar que la admiración de Sánchez por Iglesias llegase a la que Calígula sentía por su caballo Incitato, pero lo mínimo que se debe exigir a los servidores públicos en este contexto es que se dejen de chiquilladas, compartan objetivos comunes, dejen los sectarismos en la puerta y se pongan a trabajar conjuntamente por el bien general. Ya que pueden dar paseos, los españoles tendríamos que sacar a los niños del Gobierno.

La segunda técnica propagandística que el Gobierno utiliza es la de la repetición sistemática de esos mensajes previamente prostituidos. Göbbels aseguraba que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad…e Iván El Terrible sabe mucho de ello. Por eso nos martirizan día sí y día también con interminables e infumables ruedas de prensa de ministros que nos anuncian un florilegio de medidas que han pensado y aprobado al tuntún, como quien decora el árbol de Navidad.

Pero luego, por si lo anterior no fuera suficiente, para poner la guinda, vienen esas machaconas homilías del presidente del Gobierno en las que tras una hora y media, volvemos a saber que no ha dicho nada, que sigue sin guardar luto y que para él somos un rebaño de idiotas a quien tomarle el pelo.

Esta cansina repetición, que se vuelve del todo insoportable cuando la recitan personajes que no compartirían mesa con Cicerón ni para poner los manteles como la inefable Isabel Celaá o la ininteligible María Jesús Montero –que no vale ni para un roto ni para un descosido- tiene, a su vez, una doble intención. La primera se basa en hacer creer que con tanta rueda de Prensa consecutiva se pretende fomentar la transparencia y que la sociedad conozca lo que sucede. Nada más lejos de la realidad: realmente se persigue generar y formar un estado de opinión y no de conocimiento, ya que desde Moncloa son plenamente conocedores que las opiniones son emocionales y movilizan a la gente más que las certezas, que se basan en la racionalidad. La manipulación irritante de RadioTelevisión Española, la millonada pública destinada a loas a Sánchez por parte del CIS o el Aló Presidente dominical, dejan a las claras las intenciones presidenciales.

La segunda intención, producto de la anterior, es la persecución de cualquier atisbo de crítica legítima que pudiera haber. Las instrucciones por escrito a los altos mandos de la Guardia Civil, las diferentes intervenciones de Celaá y del resentido Marlaska, los insultos y menosprecios a la oposición o los constantes ataques intentando amedrentar a la Prensa libre son intolerables. El mero hecho de la intromisión por parte del ministro del Interior en nuestra actividad en Internet o que la titular de Educación asegure que no pueden “tolerar mensajes negativos” sería motivo suficiente para un cese inmediato en un país con un presidente con una pizca de moderación y dignidad. No obstante, la realidad es bien distinta: al discrepante se le insulta, se le señala, se le increpa y, por qué no, se le agrede. Nada nuevo, El discordante es un obstáculo y se le ha de aislar para que deje fluir el mensaje oficial, siendo sus opiniones cada vez más residuales e ignoradas socialmente, lo que tan bien enunció Elisabeth Noelle-Neumann con la ‘espiral del silencio’c

Así, el Gobierno quiere llegar a implementar, no por decreto, sino poco a poco y sin dolor aparente, el pensamiento único. Nos cambian los significados –no olvide que “confinamiento” no quiere decir lo que realmente nos cuentan-, nos repiten hasta la extenuación las mentiras, nos generan un falso enemigo externo del que hay que desterrar toda opinión y ellos, sí o sí, acabarán siendo nuestros héroes salvadores, por más que su incompetencia política y sectarismo comunicativo no conozcan fronteras.

Con todo, no queda más remedio que afirmar lo que soltó el conde Romanones cuando supo que aquellos a los que había sobornado no le hicieron miembro de la RAE: “¡Joder, qué tropa!”.

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