A partir del lunes de Pascua, se silencian en toda España las bandas y tambores que durante al menos unos días han apagado el fragor de las batallas políticas con las  que nos fustigan diariamente los medios de comunicación, aunque no han podido hacerlo con los tambores de guerra que  siguen inundando de terror y muerte las calles y ciudades del masacrado pueblo ucraniano dispuesto a una defensa numantina de su libertad frente al invasor ruso.

Con ese mismo espíritu nos toca a los españoles defendernos de un gobierno que  invade nuestras libertades con una nueva Ley de educación que en su desarrollo, además de perseguir un adoctrinamiento indecente  en la nueva religión civil del Estado,  pretende rebajar el nivel cultural e intelectual de nuestra sociedad.

El objetivo no es otro que impregnar las aulas públicas de una ideología de género que desnaturaliza obsesivamente las relaciones personales y familiares, al mismo tiempo que persigue eliminar o degradar algunas de las ciencias humanísticas, base y fundamento de nuestra civilización occidental, como son la filosofía o la religión y lo que es peor aún,  devaluar y desmotivar el esfuerzo de los alumnos para el aprendizaje y estudio, igualando méritos y deméritos para superar los cursos.

Pero es que además el olor a incienso que nos ha inundado durante las procesiones ha dado paso al olor a corrupción con  el que Sánchez y sus grupos mediáticos  pretenden inútilmente enrarecer  el aire de Madrid y de toda España, utilizando la compra de  mascarillas por el Ayuntamiento, en un enésimo ataque para doblegar políticamente a la ciudad y a la Comunidad acosando a sus dos máximos y temidos regidores, Almeida y Ayuso. Vano intento que a buen seguro se le revertirá como un boomerang.

Pero aún es más grave y preocupante lo que está ocurriendo en nuestras relaciones internacionales y más concretamente con Marruecos. Sánchez ha sobrepasado todos los límites de la normal actuación entre Estados que tienen intereses comunes, aunque a veces sean contrapuestos por razones políticas o de vecindad fronteriza. Escribir una carta personal al Rey alauita Mohamed VI, como si de un particular se tratara, resulta hasta grotesco. ¿La conocía también nuestro Rey?

Con esa vanidosa incompetencia ha comprometido, con desconocimiento de su propio gobierno y  el rechazo del Congreso de los Diputados, la postura del Estado español ante un enconado problema como es el del Sahara,  lo que sin duda tiene ya graves consecuencias para nuestras importantes relaciones con Argelia, nuestro principal proveedor de gas y también para Ceuta y Melilla fronteras terrestres de la UE, que sufren permanentemente el acoso humano y comercial de Marruecos.