Cadena perpetua llego a Colombia sin contemplación ¿Sera suficiente? ¿Que hay en la mente de los violadores de una niña indígena?

Fueron 15 horas de angustia eterna, el drama de la niña indígena violada por siete militares en Colombia.

Por Albita Neira

Redacción Málaga Repórter España 

Allí; en aquel pueblo colonia… Caminando por sus calles empedradas, con su vestido de flores de muchos colores, su cabello rizado que enloquecido jugaba con el viento y la belleza de su alma reflejada en sus hermosos ojos…

Aunque las carencias no eran esquivas y anhelando como una “utopía” la presencia de mis padres, siempre me acompañaban una tierna sonrisa y una canción que tarareaba mientras jugaba bajo la lluvia. Una niña de 10 años que disfrutaba en esencia esa época maravillosa de la vida, así era yo con la misma inocencia de la pequeña del resguardo Indígena Dokabu de Pueblo Rico, en el Departamento de Risaralda Colombia.

En un lugar donde una voz recorre miles de kilómetros de una espesa selva con un verde intenso que rodea el rio San Juan y su eco es tan fuerte que se escucha en todo un país y en el mundo entero, una voz que desgarra el alma y clama justicia por la violación de su niña de 11 años por siete hombres de trajes militares pertenecientes al ejército nacional de Colombia, con los escudos y la bandera del país, quienes sin ninguna contemplación secuestraron a una niña indígena, la llevaron a una zona apartada y propiciaron el aberrante y macabro hecho.

Ha diario, hay más de 50 casos de abusos a menores de edad en este país suramericano. El 75% quedan impunes. Ahora bien, me pregunto ¿Qué hay en la mente de estos seres humanos? Mientras a su paso encuentran una niña sola, tímida e inocente, y la ven como su presa predilecta. Que hay detrás de esos patrones de conducta de jóvenes adolescentes “predadores” que no sobrepasan los 21 años de edad, pero que sus acciones son el reflejo de lo que hay en su corazón.    

En un artículo de la revista Psychology of Violence Sherry Hamby editora de la misma asegura que: “Si no comprendes realmente a los perpetradores, jamás entenderás la violencia sexual”, sin duda la violación no es un acto sexual, es una agresión con sevicia y mientras escribo estas líneas pienso como madre, me involucro en este escenario y veo unos niños que sin piedad abusan, humillan y destrozan a una niña indefensa, niños que son resultado de esta sociedad.

Esté como muchos otros casos es un problema global y la mayoría de las investigaciones de violencia sexual se centran en las conductas sexuales que son reconocidas como no consentidas, pero que colocan a las mujeres y niñas cómo las responsables de lo sucedido. Nuestras niñas no pueden ser un arma de guerra contra el proceso de Paz en Colombia, si bien estos militares deben tener cadena perpetua, ya anunciado por el Presidente de la Republica, la doble intención de esta ley para romper el proceso de Paz firmado por Santos preocupa.

Lo anterior teniendo en cuenta que muchos de los parlamentarios guerrilleros fueron violadores y hoy tendrían también cadena perpetua. Lo grave no es que ellos vallan a la cárcel, lo preocupante es que saquen las armas de la selva y atenten una vez más contra la sociedad civil.

Produce total indignación y miedo la incapacidad de la justicia colombiana para procesar, condenar y castigar con severidad a los abusadores de menores. Aunque nada justifica estos actos me pregunto: ¿Que está fallando en los hogares, en las instituciones educativas y en el Estado? ¿Están reaccionando a sus propias experiencias de abuso físico, sexual o emocional? ¿Fueron niños educados de acuerdo a los valores masculinos dominantes de su cultura?

Nuestra sociedad está enferma y hay una oscura realidad en materia de vulneración de derechos que enfrentan la niñas y adolescentes de Colombia. A pesar del subregistro, aún con las dificultades para denunciar y de los temores de las víctimas que no denuncian, en el 2019 se registraron 25.695 víctimas de violencia sexual y tres de cada cuatro de esas víctimas eran menores de 15 años, es decir que fueron cerca de 20.000 menores abusados en el año, lo que equivale a más de 50 niños y niñas abusados sexualmente cada día en nuestro país.

 
Cifras de la Unicef Colombia, organización que a mi criterio es retórica frente a este fenómeno al que la gran mayoría de los burócratas internacionales no le prestan atención suficiente. Aunque algunos esfuerzos individuales y unas pocas campañas puntuales se salvan, qué triste desempeño el de Unicef Colombia en los últimos diez años. Cuántos abrazos cortesanos han recibido sus funcionarios, como si se tratara de un contentillo de recompensa por adornar eventos oficiales, aun a costa de mirar para otro lado cuando se trata de condenar el accionar de los violadores de menores.

“Diseñar políticas de prevención, tener un mapa claro del problema, entender la magnitud y lograr que exista una prevención de los delitos. Aquí, un intento por saber que hay en la mente de “ellos” quiénes son y cómo podría prevenirse la pandemia del abuso sexual”, pienso que se debe generar una transformación desde esa primera célula; el hogar, la familia representada con una institución social y desde allí poder extirpar ese cáncer, siendo articulada esa transformación junto con el empoderamiento de las niñas y adolescentes frente a sus derechos.

“Un buen escritor escribe con base en su propia realidad”, decía el escritor colombiano Gabriel García Márquez y yo me sumerjo a través de esta crónica en ello, recuerdo mi infancia, jamás permití que alguien creyera que por mi necesidad o el afán de superarme tenia el poder para subestimarme y generar algún tipo de maltrato o abuso hacia mí.

Escuchamos mucha retórica cada vez que hay una violación que tiene repercusión pública. Algunos casos tienen complicidad del Estado como el de 5 niñas violadas en el Departamento de Guaviare también por militares del ejercito de Colombia, es inaceptable que estos grupos armados delincan con total impunidad vulnerando los derechos fundamentales de las comunidades menos favorecidas, y lo más indignante son pagos con los impuestos de toda la sociedad civil colombiana.

No se trata de protagonismos hipócritas de gobiernos falsos, necesitamos una respuesta contundente con justicia y educación. El grito de la niña de once años con sus lagrimas no es una noticia, que se emite y que luego se olvida. Esto es una tragedia.

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