David Pérez Anaine – Periodista UMaza

@davidp2190

En los últimos años, con el surgimiento de las redes sociales, distintos líderes de opinión y referentes sociales han ganado terreno en el mundo de los medios de comunicación, desplazando a los periodistas de su lugar de trabajo por excelencia. En un contexto donde la información pura y dura quedó en un segundo plano, relegada por la opinión y el análisis, los especialistas e influencers han logrado copar las redacciones, los micrófonos y las cámaras de TV de las empresas de comunicación más importantes de nuestro país. El mensaje es claro: no es necesario saber escribir, hablar o desenvolverse correctamente frente a una cámara para hacer este trabajo. Un buen contacto basta.

Si hacemos un análisis riguroso de esta situación, podemos apreciar que la mayoría de las personalidades que forman parte del mundo periodístico carece de una formación académica en las ciencias de comunicación o el periodismo. Abogados, economistas, politólogos o, incluso, personas sin ningún tipo de formación profesional son los principales responsables de falta de credibilidad que existe en lo que se ve, lee o escucha. Son los culpables de hacerle creer a las audiencias que estar frente a un micrófono pronunciando discursos demagógicos disfrazados de magnánimas editoriales te convierte en periodista.

Fuente: Fundación Gabo (https://fundaciongabo.org/es/etica-periodistica/blogs/el-estatus-profesional-y-social-del-periodista)

¿Por qué debemos dar por hecho que un abogado o un economista tiene los conocimientos necesarios para informar, si su preparación profesional no estuvo orientada a ese fin? ¿Qué pueden saber estos profesionales, idóneos en otros campos, sobre el lenguaje de la prensa gráfica, radial o televisa, considerando que cada formato cuenta con una estructura propia? Absolutamente nada, tocan de oído y lo hacen muy mal. Parten de la base errónea de que un micrófono confiere autoridad para analizar y opinar sobre cualquier tema de coyuntura, no se preocupan por separar la información de la opinión, caen rápidamente en espacios comunes y desconocen los principios éticos fundamentales para el ejercicio laboral.

A nivel jurídico, la regulación es muy pobre. Existe un estatuto del periodista que data del año 1945 y que ya no se ajusta a los intereses y necesidades de los periodistas del siglo XXI. El mismo establece la existencia de una Matrícula Nacional que no existe y, entre otras cuestiones, vincula la profesionalidad del periodista con el tiempo de trabajo y no con los méritos académicos. Es algo lógico considerando que se trata de una normativa que entró en vigencia a mediados del siglo pasado y que nunca se actualizó. Sin embargo, una nueva ley que ignore la creación de un colegio profesional, como existe en el ámbito del derecho, la escribanía o la medicina, no serviría para nada. Los autores de la bochornosa Ley de Medios también optaron por no tocar el tema, ya que los intereses empresariales se lograron imponer.

“Periodista se nace, pero también se hace”, reza una vieja frase que se repite, casi como una verdad universal, en los pasillos de las facultades de periodismo. Los periodistas no merecen seguir siendo desacreditados por pseudocomunicadores que no entienden las bases de esta profesión e ignoran la responsabilidad social que significa informar. Con esto no intento atentar contra la libertad de prensa, principio constitucional sagrado en cualquier sociedad democrática, sino, más bien, apostar por un periodismo hecho por periodistas y no por opinólogos.