Hechos de violencia al por mayor. Integrantes de cuerpos técnicos que alientan a sus hinchas a agredir a planteles rivales. Parcialidades que ante resultados adversos invaden los campos de juego con el objetivo no solo de suspender un espectáculo deportivo, sino de atentar contra la integridad física de los jugadores. Cada una de estas escenas recorre el planeta, y tristemente han dejado de ser meras sorpresas ante los ojos de los espectadores del mundo. Siempre se puede caer más bajo y la sociedad argentina retrocede en lugar de avanzar.

Se siente el fútbol como se vive. En el marco del torneo regional federal amateur (ex federal B), Talleres de Perico (Jujuy) cayó 3-1 en la ida de las semifinales en busca de un ascenso al federal A ante Central Norte (Salta). Luego de la derrota, el público agredió al plantel visitante, y en un hecho vergonzoso, el ayudante de campo del elenco local arrojó una bomba de estruendo a donde estaban los jugadores del “Azabache”, lo cual generó heridas en varios de ellos.

Si bien la sanción que impuso la AFA al equipo jujeño fue dura (descalificación de la competencia, suspensión de cuatro meses, desafiliación y obligación de pagar el valor de 1800 entradas, además de la prohibición de utilizar su estadio por tres fechas cuando vuelva a competir), resulta inverosímil que el integrante de un cuerpo técnico sea capaz de cometer un hecho de semejante violencia. ¿Es acaso la forma de predicar con el ejemplo? ¿Qué mensaje se envía a las tribunas?

Una semana después, en la Provincia de San Luis y en el marco del mismo torneo, Sporting Club Victoria enfrentó a Peñarol de San Juan en un partido donde los sucesos resultaron aún peores. El elenco cuyano había ganado 4-0 en la ida y viajó a tierras puntanas con una amplia diferencia. Agresiones al micro y bombas de estruendo en las inmediaciones del hotel para interrumpir el sueño del conjunto visitante fue el preámbulo de una tarde que pudo haber sido trágica. Tras la expulsión de un jugador de Victoria en la primera etapa, el árbitro debió detener el partido unos minutos a raíz de una lluvia de proyectiles arrojados desde la parcialidad local.

Sin embargo lo visto en la segunda mitad fue peor. El público puntano invadió el campo de juego a los 28 minutos tras una pelea entre los jugadores para atacar directamente a sus rivales, quienes tuvieron que trepar el alambrado para huir de los hinchas violentos, debido a que se encontraron con un portón cerrado. Los visitantes recibieron golpes de todo tipo y sufrieron cortes. La delegación sanjuanina denunció además que la policía no solo no los custodió, sino que les impidieron ingresar al vestuario para refugiarse. Una locura, más si se tiene en cuenta que los costos de los operativos son extremadamente caros, como para que encima no se puedan evitar situaciones de estas características.

El día posterior a este lamentable suceso, en Mendoza, el público del club Pacífico invadió la cancha luego de que el conjunto visitante, San Martín de la misma provincia, anotara un segundo tanto que ponía 5-1 el resultado global en su favor, lo cual sellaba su pasaje a la final del torneo en la región de cuyo. Tras no recibir garantías (una vez más) por parte de la policía, el árbitro se vio obligado a suspender el encuentro. Resulta increíble que un partido no pueda finalizar, y que una derrota sea la excusa para ingresar a agredir a los jugadores de un equipo rival, que en especial en esta categoría no suelen vivir del fútbol, y que en la semana necesitan de otro trabajo que les permita sobrevivir.

El clímax de esta sociedad enferma que no respeta valores se produjo en la cancha de Vélez en el marco de la Copa de la Superliga. Mauro Zárate, surgido de las inferiores del Fortín, regresó al Amalfitani pero como jugador de Boca, una decisión que le ha costado el repudio por parte de los hinchas de Vélez, quienes se han sentido traicionados por quien alguna vez había afirmado que no jugaría en otro club dentro de la Argentina.

Entendible o no el enojo, nada justifica el accionar que tuvo prácticamente todo el estadio, el cual insultó al actual jugador xeneize al mismo tiempo que eran entonadas las estrofas del himno nacional argentino. El rostro del uruguayo Nahitan Nández, con una clara mueca de disgusto, lo decía todo. El mismo jugador se encargó de repudiar finalizado el encuentro el accionar del público, y destacó que en su país “el himno se respeta”. No fue demagogia. Basta ver el sentido de pertenencia que se observa en Uruguay, Chile, Brasil, Colombia, por citar algunos ejemplos, a la hora de escuchar y cantar el himno donde sea que suene.

Pero en Argentina el respeto por la bandera parece quedar eclipsado. El fútbol es la radiografía perfecta de nuestros defectos como sociedad. Es el ámbito donde todo se visibiliza, lo cual impide por ejemplo que el público pueda ir a ver a su equipo en condición de visitante. El deseo de quitar los alambrados de las tribunas es cada día más lejano. El agravio constante al rival, los malos modales hacia los árbitros, mensajes a veces violentos desde los propios directivos de las instituciones, quienes en lugar de predicar con el ejemplo echan más leña al fuego.

Es hora de una buena vez de cambiar conductas. De comprender que por más hermoso y pasional que sea el fútbol, no deja de ser un deporte, el cual debería servir para bajar mensajes positivos; valores, respeto, disciplina, constancia. Es momento de comenzar a cambiar nuestra imagen como sociedad

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